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Aquella película que no vimos

El Museo del Cine conserva el afiche de la película Kindergarten, primer caso de censura de la era democrática, pieza que alude a aquel film “maldito” que sólo en ocasiones aisladas llegó a tomar contacto con el público.

   Quien hable de pornografía no tuvo fuerzas para mirar todo el horror que puede caber en la belleza, el hueco que cubren las formas apulpadas. Prefirió quedarse donde calienta la censura. Allí donde –cree- nunca llegarán la locura y la muerte. (Claudia Selser, Página/12).

Esta historia comienza a principios de 1989: los diarios anuncian la polémica que viene. “A sus controvertidos largos, se suma un tercero: Kindergarten, con fecha de estreno ya fijada para la primera semana de julio”. Por ese entonces, ante la periodista Alicia Petti, de La Razón, todo es optimismo en el discurso de Jorge Polaco, quien sólo expresa buenos augurios: “Es una película de autor en la que, por supuesto, los actores tienen gran lucimiento (…). Todo el film es muy erótico, pero está muy alejado de lo pornográfico”.

Texto: Julián Gorodischer/ Fotos: Mariana Sapriza

A partir del 19 de marzo de 1989, la publicación de una carta de lectores firmada por Cristina O’Farrell de Gutiérrez en La Prensa cambia el panorama radicalmente: ella afirmó haber visto, durante la filmación en los bosques de Palermo, a dos niños desnudos representando una escena de amor. Poco después, un abogado -Jorge Vergara- hizo una denuncia penal a la que adhirió el Equipo Episcopal para los Medios de Comunicación Social de la Iglesia Católica. El delito –el pecado- fue ser “una versión antojadiza del amor descripto según el pobre concepto de quienes la concibieron, al punto tal que se asemeja más a un film pornográfico que a una historia de amor”.

En su resolución, el juez describió escenas que en realidad no correspondían al film y, aun así, parte del equipo de producción fue acusado de “abuso deshonesto” y “ultraje al pudor”.

O’Farrell había sido contundente: “Llevé a mi hijo de 5 años y a una anciana en silla de ruedas a pasear a los bosques de Palermo. Nos acercamos por curiosidad a la orilla en la que había un grupo de gente. ¿No hay nadie entre toda esa concurrencia que se indigne o rebele ante semejante escena apta solamente para mentes retorcidas o degeneradas? Según el denunciante, el abogado Vergara: “No hay escenas de amor ni de pasión sino exclusivamente de sexo que involucran a menores de seis años”.

La causa penal fue sobreseída seis meses después y el estreno se programó para el 12 de octubre de 1989. Sólo esos pocos días de fines de septiembre del ’89, cuando parecía que el film saldría a la luz, el afiche se exhibió con discreción y cautela en uno pocos sectores de la ciudad de Buenos Aires. Imponente, el montaje realizado por el fotógrafo y artista visual Silvio Fabrykant, sintetizaba cautamente el espíritu experimental de un film que no pretendía para sí mismo el realismo. Un cuerpo andrógino, desnudo –pero, prudentemente, tapadas sus partes íntimas- exhibía una cabeza imaginaria con un círculo en fuga hacia un paisaje en el cual reposa el personaje de Graciela Borges, desnuda y fragmentada, sobre una rama.

Días después, cuando el país ya no hablaba de otra cosa (y el caso alcanzaba repudios internacionales), Graciela Borges –procesada por abuso deshonesto junto a Jorge Polaco, la actriz Cecilia Etchegaray y los padres de dos menores que intervinieron en el film- era entrevistada por La Nación: “Lo que duele es que se haya tergiversado la verdad. No es la primera vez que realizo una película de riesgo, pero esta vez la vivencia actoral fue maravillosa”, declaraba. En Kindergarten, Borges es Lía, quien seduce a Manuel (Arturo Puig) y lo involucra en una extraña afición a ritos necrofílicos y actitud de seducción y hostigamiento psicológico a los menores –los hijos biológicos de Manuel-.

Los miembros del equipo rechazaron los cargos y recibieron la solidaridad de personalidades de la cultura argentina entre las cuales se encontraban María Elena WalshEnrique PintiFernando “Pino” Solanas y Beatriz Sarlo. “Toda esta pesadilla puede destruir a dos familias enteras –expresaron en una solicitada, reproducida por todos los diarios nacionales-. La de los niños actores y la de creadores talentosos como Jorge Polaco y el reconocido elenco actoral. Esperamos fervientemente que terminen estos daños morales y profesionales que viven las personas acusadas”.

Entonces –con el afiche y la película en las sombras-, Salvador D’Antonio, presidente de Argentina Sono Film, en una nota de El Cronista es dramático en el recuento de los efectos causados: “Nos perjudicó económicamente. Han hecho un daño muy grande al cine argentino. En forma subconsciente, ahora se piensa: no nos metamos con menores, ni con la Iglesia. Se coarta la libertad de expresión”.

Tuvieron que transcurrir 21 años para que una copia restaurada de la película lograra ser proyectada en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, en 2010. Pero el desastre ya había sido consumado y había dejado secuelas.Esos años estuvieron lejos de Dios y cerca de la demencia –declaró Jorge Polaco, mucho tiempo después-. Y la pasividad de parte de la sociedad fue cómplice de los censores”.