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Hoy gran estreno: La Tregua

 

El viernes 2 de agosto de 1974, a las 4.30 de la madrugada,  Sergio Renán lee los diarios en el living de su productora Tita Tamames. Alguien acaba de llegar a la celebración posterior al estreno con un ejemplar de Clarín; es Carlos Carella, quien se para en un banquito, y genera el primer “Viva”: “Y si el guión es ejemplar, no lo es menos la magnífica puesta en escena de Sergio Renán”. Firma: Juan Carlos Frugone, quien luego escribe como si le hiciera una dedicatoria: “Para quien haya seguido su carrera no puede decirse que la alta jerarquía del film sea una sorpresa sino la reafirmación de su enorme talento y sensibilidad y del conocimiento a fondo de un oficio que se ejerce con honestidad y amor (…)”.

Texto: Julián Gorodischer/ Fotos: Mariana Sapriza

 

Sergio Renán y su mujer se abrazan en ese living que concentra a la intelligentzia cultural de la época, esa burbuja de unos pocos creadores que olfatean una ficción detrás de la solicitada del día de la fecha en la que la gestión de Isabelita –a un exacto mes de la muerte de Perón- afirma que sus obras del primer mes de gobierno ya dejan vislumbrar “la Argentina Potencia”.

Esta es una noche de contrastes: afuera la multitud salió a la calle para honrar, frente a la sede de la CGT, a su presidente difunto. Afuera, los obreros ferroviarios abrazan en pleno llanto (se ven los rostros deformados en la cobertura de La Razón) el busto que descubren en el hall de la estación Retiro; afuera: los miles enviados de la UES, la JTP, la JUP invaden las calles de La Plata, donde se concentra la trasnoche de contra-misas callejeras y se transforma la tristeza en larguísimas trasnochadas. Afuera, la batucada se hace ensordecedora cuando un canillita promociona la buena nueva: “¡Pagarán los días no trabajados por el duelo nacional!”, difundió el Ministerio de Trabajo a cargo de Cecilio Conditi, a sólo días de ser reemplazado por un joven Carlos Federico Ruckauf.

 

 

El diario de hoy será premonitorio: difunde el caso del hallazgo de un cuerpo baleado en Scalabrini Ortiz y Beruti, de un oriundo de Salta del que nada se sabe; ese primer “misterio” –como define Clarín- pronto revelará un modus operandi que regará de cadáveres ése y todos los otros barrios de la ciudad de Buenos Aires, en manos de la organización para-policial Triple A, que ya opera a las órdenes del ministro de Bienestar Social, el “brujo” José López Rega.

Pero en la intimidad de ese cóctel con Renán y su equipo todo es ebullición. A horas del estreno se percibe -en los diarios- que lograron captar el signo de un tiempo socio-político que, como esa tregua creada por Mario Benedetti (novela) y adaptada por la película, vivió un respiro de aire fresco (el romance/ el regreso de Perón) para descubrir que se trataba sólo del prolegómeno de un ocaso aun mayor al del punto de partida (la muerte de la amada/ y la del líder). En poco tiempo, revistas y diarios dirán que: “La tregua se coloca por delante de Porcel y Olmedo entre las películas más vistas, accediendo al tercer lugar del podio con 16.906 espectadores semanales, por delante –también- de varios tanques de Italia y de Hollywood.

Están todos los que importan: el senador nacional Alberto Fonrouge conversa, animado, con las productoras del film, Tamames y Rosita Zemborain. De director a director –describe La Opinión-: “Leopoldo Torre Nilsson felicitó a Sergio por su película”. Beatriz Guido sonríe envuelta en su tapado de piel, que –según los dictados de la moda de ese tiempo- “debe ser de visón, astrakán o castor, bien voluminoso y con hombreras” (Claudia).

 

Adentro: transcurre la gala de recepción de las críticas recién salidas de imprenta, dulcemente sucias y olorosas, que se leen a viva voz. Revista Gente está ahí: le han dado la exclusiva de una noche que decreta la gloria: aclamación de la crítica y la masa poblando las salas.

Dice Clarín, aquella madrugada: “Accede a toda la gama de la emoción sin permitirse ni por un instante incursionar en el melodrama”. Dice César Magrini, en El Cronista: “Paso a paso, sin desaprovechar un solo momento (…). Para competir en el mundo”. Sólo La Opinión se permite un matiz, ser cautamente ambigua: “No alcanza niveles de tragedia –dice Carlos Burone-, pese a una excelente realización de Renán”.  Pero la lectura de un fragmento de la crítica de La Razón los devuelve a las risas: “El enfoque es igual de sensible que el de la novela de Benedetti”.

Dice un párrafo de la crítica de La Razón: “Héctor Alterio caracteriza magistralmente a ese hombre de emociones contenidas”. Y sobre Ana María Picchio: “Se desenvuelve con el mismo nivel”, firman Agustín Botinelli y Alberto Ledesma. En el ejemplar de La Prensa, todavía caliente: “Es difícil recordar un nivel de interpretación superior en nuestro cine”.

Once años después, un viernes 12 de abril de 1985, el Museo del Cine Pablo C. Ducrós Hicken incluyó a la película de Renán en su ciclo “Las 10 películas argentinas más votadas por la crítica”, y aquel programa justificó la elección: “Concursó por el Oscar a la Mejor película extranjera junto con Amarcord (Federico Fellini) y Lacombe Lucien (Louis Malle)”. Y luego agrega: “En la encuesta realizada por el Museo en 1984, que da título a este ciclo, ocupó el 8vo lugar con 31 votos”.

Para entonces, también acreditaba una nominación al Oscar y la Concha de Plata para Héctor Alterio en el festival de San Sebastián, que le abrió las puertas de España. Pero, sobre todo, el crédito de ser la novela de Benedetti mejor filmada, y constituir un profundo y matizado relato sobre  el duelo amoroso y la melancolía.