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ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE PABLO C. DUCRÓS HICKEN

 

En la fecha del nacimiento de uno de los pioneros de la cultura cinematográfica argentina, temprano coleccionista e historiador de los inicios del cine en nuestro país, el Museo del Cine -que se constituyó en 1971 a partir de la donación de su fascinante colección de cámaras y proyectores- lo recuerda con una de sus incursiones en la realización cinematográfica, un registro documental del Colegio Nacional de Buenos de Aires realizado junto a sus compañeros de sexto año en 1923. 
Incluimos un artículo del mismo Ducrós Hicken en el que recuerda aquella filmación y su proyección, 25 años después, junto a unos ex-alumnos que evoca absortos ante su propio pasado presente en la pantalla. Una fascinación y perplejidad similar a las causadas por las primeras proyecciones cinematográficas, aquellas que como historiador y coleccionista retrató y conservó tenazmente.  

 

Revista EL Hogar, 11 de septiembre de 1953

UN FILM COMO NO PUEDE HABER OTRO

Hacia 1923, hallándome en Europa y de paso por Berlín, ya en viaje de regreso a Buenos Aires  para concluir el último año de bachillerato en el Colegio Nacional Buenos Aires, me tentó la posesión de una cámara cinematográfica que había visto en una vidriera de la Friedrichstrasse, última novedad de la técnica presentada en la Feria de Leipzig en materia de cámaras de reportaje. Algunas semanas después volvía a reunirme con los compañeros. Luego del relato desordenado, un tanto volcánico, de tantas cosas vistas y oídas, les comunicaba que traía conmigo un aparato de tomar películas y algunos rollos de película.

A mitad de año, aquel instrumento parecía golpear dentro de su estuche pidiendo el cumplimiento de un proyecto hecho promesa. Concretada la intención, acogida con entusiasmo por los condiscípulos, nos propusimos realizar la película del colegio para que permaneciera en sus archivos como constancia de nuestro agradecimiento a la institución.
Costeado el proceso de revelación por todos, lo que tuvo lugar en los laboratorios de don Federico Valle, incorporóse a nuestra iniciativa la 3ª división de sexto año y comenzó el rodaje con todo cuidado para no perder un metro de cinta. La cámara recorría los gabinetes, los claustros, los salones, los patios y al atardecer, luego de las clases, la película era llevada al laboratorio donde se la revelaba bajo un suspenso angustioso. El informe era optimista. “Va saliendo bien”, decía Pacheco, el laboratorista.

La filmación, hecha de a ratos perdidos, llevó casi seis meses, y el metraje (350 m) se utilizó en su totalidad. Obtenida la copia, único ejemplar (y gracias), procedí a la compaginación y a la redacción de las leyendas, pues entonces el cine era “mudo”. Duraba 20 minutos, tiempo suficiente para cumplir con el cometido de un documental de importancia. El film era de paso profesional, es decir de 35 mm.
No bien finalizaron las clases y aprovechando una de sus últimas tardes, se invitó al entonces director, doctor Tomás R Cullen, a un sencillo pero emocionante acto, en donde se hizo entrega del film en cuestión, lo que coincidió casualmente con la visita de otras autoridades educacionales. Cullen entró a la sala de proyecciones sonriente y halagado por esta circunstancia. Tomó la palabra el compañero Gallo Figueroa, quien aludió a la importancia del cinematógrafo en su función educadora y como material de archivo y consulta que cobra valor con el tiempo a través de las épocas. Con acierto previó que algún tiempo después iríamos a ver nuevamente aquellas escenas tan familiares y estimadas por quienes las vivían en esa hora. Lo escuchábamos atentos porque sus palabras traducían una sinceridad profética.

El hoy profesor y laureado artista Pedro Roca y Marsal era entonces el encargado de las proyecciones. Desde la casilla aguardaba la señal indicadora de comenzar. Se lo autorizó, y el film echó a andar ante un público interesadísimo en el espectáculo. Por primera vez veía yo la película en pantalla grande. El brillo era perfecto, la nitidez irreprochable, el aspecto general en un todo profesional. Los comentarios no se escuchaban, pues la emoción sobrepasaba lo calculado. Un aplauso cálido señaló el final de la película. Desbordaban los comentarios y el acto tocó a término.

Pasaron 25 años. 1948. Las dos divisiones egresadas en 1923 volvieron a reunirse en el colegio siguiendo una tradición conocida. Se dictaron dos clases. Los compañeros iban llegando. Aquí viene fulano… allí está zutano. ¡Ah! ¿Tus hijos? Cuatro?… tanto gusto señora.
El prefecto Atilio Amoroso era el dueño de casa. Sonaban los abrazos y las palmadas, y como entonces alguien volvía a decir: “Permiso para entrar, que he llegado tarde…”, a lo que le seguía una amonestación grandilocuente como entonces. Algunos venían acompañados de sus padres y sus hijos. Tres generaciones. Se pasó lista: “presente… presente…”.  Estaban casi todos.
Luego, a la sala de proyecciones. Demás está decir que todos recordaban al autor de la película. Seguían las efusiones y los abrazos. Parecía una página de “Corazón” de D’Amicis.

El nuevo proyeccionista llegó hasta mí diciéndome que me reconocía por cierta escena en donde yo aparezco sólo en una presentación especial. “No sabe, -dijo-, que desde entonces la Dirección manda pasarla todos los años a los que se gradúan?”.

Recibí esta noticia con todo el peso de una emocionante responsabilidad.

Comenzó la película ante una expectativa similar a la sentida en 1923. El pasado iba reconstruyéndose fielmente, y en una mutación rápida de épocas nos ubicamos en la adolescencia. Las escenas cambiaban con transportes ágiles y las imágenes iban reconociéndose con singular facilidad. Nos identificábamos en la pantalla más fácilmente que cuando nos habíamos visto instantes atrás, en el patio. Eso sí que resultaba curioso. Y nos avergonzábamos un poco de los cambios fisonómicos operados y evidenciados ahora en la sorpresa. En la pantalla iban apareciendo en realismo sorprendente Jorge Cabral, Moliné, Giuffra, Albertini, Ordoñez Sarrailh Cullen y la patricia estampa del historiador José J. Biedma, amén de otros muchos más, como Candia, Carcedo, Valenzuela, Donovan, etc.

Cuando el film concluyó, las cabezas volvieron a mirarse como si se buscara una explicación más lógica a lo pasado. Eso era cosa de magia. “Ce sont des sorciers le patrons”, dijeron los obreros de las usinas Lumière cuando los hermanos inventores del cinematógrafo les mostraron por la noche, en una pantalla grande y blanca, cierta pared que habían estado derribando por la mañana. Pero cuando apareció Juan Nielsen, en primer plano, con su sonrisa afable y gesto habitual, los concurrentes tributaron un espontáneo homenaje al profesor desaparecido. Fue quizá esta aparición lo que más conmovió a todos. Era tan natural su presencia allí que parecía materializado. El aplauso pudo más que el respetuoso silencio que se tributa a los que se fueron. La vida parecía vencer a la muerte. El milagro del cinematógrafo estaba produciéndose en un sinfín de cuadros mágicos. “La Machine á refaire la Vie” estaba en funciones, y se prefirió la ilusión a la realidad. Y mientras el aplauso vibraba, Nielsen parecía agradecer aquel tributo, cuyo eco debió volar hacia lejanías desconocidas.

Era cierto lo que habíamos visto y costaba creer que hubieran pasado tantos años desde entonces. Fantástica invención la del cinematógrafo. La reacción fue lenta. Gallo Figueroa volvió a leer aquellas mismas palabras de entonces, y convinimos que no habían podido ser más exactas y proféticas.Nos  parecía que aquellos profesores de 1923 iban a saludarnos al salir del aula. Acabábamos de verlos sonrientes en los sitios donde acostumbraban a estar.

El hecho de saberse que Juan Nielsen fue el primer educacionista que adoptó oficialmente el maravilloso método del cinematógrafo para la enseñanza en nuestro país, adquiriendo el primer equipo completo en el año 1913, ha sugerido una iniciativa. Su nombre, así como el de los inventores de la fotografía animada, quedará perpetuado en el aula misma donde su sonrisa hubo de reconstituirse para emoción de los que fueron sus alumnos hace treinta años.

 

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