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Acerca de «Nazareno Cruz, el lobo, las palomas y los gritos»

En estas líneas ofrecemos posibles claves de este film apoyadas en intenciones de Favio -cuyos testimonios encontramos en trabajos de periodistas como Adriana Schettini y Ana Basualdo- y que ligan perspectiva popular, radioteatro y fotonovela.

Por Pamela Gimena Vázquez

Una película que desde el vamos no podemos situar en un lugar preciso, con una identidad de género, de dónde ocurre (en referencia a un sitio “real” en el mapa del mundo), tampoco podemos precisar un cuándo. Sólo parece haber un clima rural-aldeano. Una extraña comunidad sin Bien, sin Dios, pero con Diablo. (¿Será la orfandad, tanto de padre como de Dios, lo único que parece latir siempre en las obras de Favio, el denominador común?)

Y aún así, en ese planteo híbrido, donde se mezclan mitos clásicos europeos con mitos de pueblos originarios americanos -en una versión que traiciona cualquier fidelidad-, ante ciertas imágenes, planos, en ciertos detenimientos, insistencias, nos preguntamos (entre risas nerviosas de vergüenza ajena y algo que ya se acerca a la angustia) qué quiso hacer Favio en ese momento con nosotros; qué quiere decir con ese énfasis, esa repetición a la que ahora sólo nos acostumbramos tal vez en el código de la música electrónica.

Enigmas que se abren dentro de enigmas. ¿Qué sucede? ¿Por qué? Qué se hace con esa ralentización del tiempo y ese despliegue de un mismo gesto repetido. El niño repite una y otra vez, primeros planos de un mismo gesto una y otra vez, en más de una ocasión.

Tres puntas o claves conjeturales que parecen azarosas pero que se relacionan con una cierta intención podemos arriesgar aquí. Pueblo, radioteatro, fotonovela. Un misterio y dos formas de expresión popular o, como se dice muchas veces, “menores», como las historietas. La fotonovela incluso menos investigada y recordada que el radioteatro.

Primero la intención expresa de Favio (esto se documenta en Pasen y vean. La vida de Favio, libro de Adriana Schettini), desde la anterior película Juan Moreira, (Favio, 1973), de hacer una obra para el pueblo, esto es una película popular, que por alguna razón implica también estar hecha en colores. Y qué colores. “Con este sol”… diría Moreira. Ya, a pesar de la raíz en un hombre, un gaucho real (nacido en Flores, Buenos Aires, en 1829, muerto en Lobos, Bs. As. en  1874, por la policía –y por la espalda-), a partir del cual el escritor Eduardo Gutiérrez hizo su libro homónimo, la intención se monta sobre el gran caballo del mito y del folclore popular. La figura del gaucho, su representación, fundante del teatro rioplatense, en el imaginario de la cultura popular, sobre qué es un héroe, qué injusticia, qué vida es la de los humildes; ahí busca Favio interpelar con éxito a la gran masa del pueblo. Y ya desde ese momento tiene como modelo de éxito popular al radioteatro.

Pero ¿qué es el pueblo? Tal vez esa figura mítica de la Esfinge nos ayude a sospechar eso que ya de otros modos sabemos, esa mezcla de cuerpos, de mujer, de león, de pájaro; eso que lanza preguntas siendo eso mismo algo que no podemos definir en una identidad. Preguntas que se abren dentro de preguntas. Pero ya sabemos. Si todo pudiera reducirse a un diccionario /no existirían los diccionarios (si, hay que leer la oración como si fueran dos versos, con una ligera pausa en medio). Si nos entendiéramos sin matices ni equívocos, si fuéramos claros y distintos en nuestras palabras, gestos, cuerpos, sueños…  Quién sabe si emitiríamos algún sonido. Pero cantamos. Como ese tono que escuchamos a los que son de otro lugar, sea de Córdoba, Bolivia o Noruega.

Así que en principio podemos aventurar, sin hacer intentos imposibles, que ni Favio ni nosotros podemos definir qué es pueblo (no sólo porque implicaría una identidad fija y homogénea para un conjunto siempre abierto de cuerpos muertos-vivos y no-cuerpos, sino porque toda definición deja afuera aquello a lo que intenta identificar y recortar de todo lo que no es), pero también cierto es que él no intentó definirlo sino interpelarlo. Por lo tanto, siendo ya un enigma a quien -o a lo que- se dirige, ¿de qué mejor modo sino mimetizándose como enigma también? Y para salir de binarismos poco honestos, pensemos que tanto la policía como el gaucho son pueblo, y también la relación con los sectores dominantes forma parte del juego de ser pueblo. Y para ser más antipáticos y poco complacientes con nuestros propios gustos: también Mirtha Legrand y Baby Etchecopar forman parte de los gustos e imaginarios populares (recordemos a Grondona y sus ficciones etimológicas, tal vez guste más Tinelli ahora, pero nadie puede asegurarlo…), y sí, ya podríamos tomar el plural para abandonar la intención de hacer UNO.

Así como Favio pensó en el radioteatro ya desde antes de la filmación de Juan Moreira (esta declaración se encuentra en el libro de Ana Basualdo, El presente. Crónicas. Editorial Sigilo, 2020), también podemos pensar en la estética de las fotonovelas como un código de lectura para esas imágenes insistentes. Favio no sólo trabajó en fotonovelas sino que parece haber captado algo de ese lenguaje que saca fuerzas y popularidad en la misma ambigüedad de sus límites. Sugerente en cuanto a las referencias al sexo, nunca llega a ser pornográfico. Pero casi. Más permitido a entrar en las casas familiares, pero con todo el picor de aludir al deseo, sin las pretensiones de una historia original ni de llegar a sectores intelectuales. Sin pretensiones más que gustar, ser efectiva en su circulación. Circular, fluir sin tropiezos y de modo cada vez más acelerado, es tal vez el modo de lo popular. O el modo a partir de mecanismos de masificación en todas las producciones y consumos.

Muy parecido en sus efectos a ciertas reacciones típicas ante imágenes porno, las fotonovelas, su estética, pueden escandalizar un poco. ¿Cómo es que no podemos dejar de mirar y de gustar de ESO que no es de “buen gusto”, eso que “no está bien”, eso que da vergüenza, eso que no quisiéramos ver a lado de nuestros padres? Casi sin dudar diría que las fotonovelas se llevaban al baño, al más privado de los rincones hogareños. Algo de lo siniestro (lo patológico y familiar, lo torvo, sórdido y familiar) se juega en las fotonovelas y en el Nazareno… El padre de Griselda aparece para ser testigo de cómo se besan desnudos su hija y Nazareno en las aguas deliciosas del río, entre otras mujeres lavanderas y cómplices del momento erótico. Un gesto de humor sin duda. Y un guiño a cierto ¿inconsciente colectivo, o regla del deseo sin más?: Pica más si está prohibido, si estamos rompiendo alguna regla.

En otra crónica de Ana Basualdo, en el libro ya citado, escribe sobre el camp en Argentina y busca la opinión de nuestro entrañable escritor Manuel Puig para indagar sobre ese tema. (Poco parece quedar fuera de eso llamado camp, hay que decir muy sinceramente.) En la página 71 leemos: “Más allá de de las categorías de buen y mal gusto, valoran el destello de humor. La falta de lógica, la explotación desaforada del gesto hasta que deja de ser ridículo…” Con el uso de la estética camp, según Manuel Puig en esta crónica: “A través de una identificación, el camp perdona crímenes contra el buen gusto”. Tal vez otra pista para indagar sobre esta propuesta estética que nos hace Favio desde Nazareno nos la ofrece algo que escribió Susan Sontag en 1964 (y también es citada en el texto de Ana Basualdo) “El camp me irrita con tanta fuerza como me atrae”.

Las crónicas de Ana Basualdo, reeditadas como libro, son trabajos de fechas muy dispares, de 1972 a 2020. Las entrevistas a -y reflexiones sobre- Favio son contemporáneas al estreno de Juan Moreira o la realización de Nazareno… Por eso están cargadas con la polémica entre intelectuales, críticos de cine y demás acerca del cambio hacia el cine comercial que observaron en Favio y su «caída» en aquello que llamaron esteticismo. Sin embargo, Ana Basualdo intenta no perderse en ese laberinto de dimes y diretes en el que también puede verse entrampado el mismo realizador cinematográfico (por ego, por autoafirmación defensiva, por intentar sobrevivir como cualquier mortal que necesita dinero para hacerlo, por estar demasiado cercano a su propia obra, por cosas que aún no sabemos ni adivinamos). Y escribe la cronista en la página 16; “EL LEÓN DE FRANCIA. Curiosamente, el público de sus fotonovelas y de sus canciones pertenece casi al mismo sector social de los personajes que pueblan sus películas, aunque las convenciones de culturas distintas tiendan a alejarlos. Las radios de la villa miseria en la que, por breves período, vivió Piolín (Crónica…) transmitieron, con seguridad, Fuiste mía un verano hasta que bajó la fiebre. También los altoparlantes del club de Luján de Cuyo, Mendoza (su pueblo natal), habrán tronado con su voz para que bailara algún sobrino del Aniceto. Y es fácil imaginar que tanto la Francisca como la señorita Plasini leían fotonovelas. Correspondencia natural que podría quizá, para los reacios, redimir los pecados de Favio.”

En la entrevista dice, nos dice Favio: “Yo hice Crónica, el Aniceto, El dependiente y el Juan Moreira porque nunca dejé de admirar a Juan Carlos Chiappe y, por eso, estoy salvado. Cuando pierda perspectiva popular voy a entrar a tomar inyecciones para el cerebro. Mi mayor ambición es lograr lo que Chiappe logró a través del radioteatro: la total honestidad de los personajes y la comunicación total con el público, la magia. Si en el Juan Moreira logro el cuarenta por ciento de lo que lograba Chiappe con su Nazareno Cruz y el lobo, empiezo, mejor dicho, empieza una nueva etapa en el cine argentino. No hay que olvidarse que el radioteatro es nuestro, el angelito que baja en El romance… es nuestro, lo inventamos nosotros, los argentinos.”

Perspectiva popular (qué grande Favio, mucho mejor que una idea de pueblo, perspectivas), la magia del radioteatro y el guiño sugerente de la erótica de las fotonovelas. Ni piensen que con eso logramos descifrar a Nazareno

Intriga que tanto el radioteatro como las fotonovelas parecen haberse iniciado (aunque se popularizaron también en México e Italia) en Argentina. Y que, a diferencia de las historietas y cómics, con los que guardan su parentesco, el radioteatro, las fotonovelas y el cine son tres expresiones culturales que necesitan los trabajos de guion y actuación.

 

Agradecimientos

Debo la lectura del libro de Ana Basualdo a la generosidad de la escritora Noelia Rivero @noenoelnoelin

En cuanto al libro Pasen y Vean, La vida de Favio; de Adriana Schettini, Editorial Sudamericana, se puede consultar en la Biblioteca del Museo del Cine, y -si tienen suerte- encontrarse con nuestro gran bibliotecario-referencista Fabián Sancho, que ofrece mucha información sobre Favio y el Cine en general.