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Eduardo Lerchundi en el cuerpo de Tilda Thamar

Lerchundi hizo una extensa e importante labor artística como vestuarista y caracterizador. Si los espectáculos de la antigüedad contaban con el dispositivo de la máscara, su ausencia no sólo implica otro trabajo de los actores sino que también promueve una cantidad de estrategias para informar acerca de la obra, el personaje, las intenciones de dirección o que intervienen en la sensación de verosimilitud. El vestuario, por supuesto, es una de ellas.

 

 

Cuando trabajó en Adán y la serpiente (1946, dirigida por Carlos Hugo Christensen) Eduardo tenía sólo 20 años*. Si nos detenemos a pensar en esto tal vez podamos intuir tanto la capacidad del vestuarista como la dimensión y diversidad de aspectos que se asociaron para caracterizar estrellas de nuestro cine. En este caso a Tilda Thamar.

La fantasía es clave. No sólo para abordar los cuerpos de acuerdo a un cierto talante (diría Lerchundi: “sencilla, aparatosa o ligera de cascos”) sino –y sobre todo- a una expectativa o ilusión del gran público. La imaginación del diseñador establece así un puente, de la singularidad de la artista, pasando por los estereotipos con los que logra ser efectivo el espectáculo del cine, hasta los humores colectivos.

Conectar con imágenes y sueños que trascienden la satisfacción personal fue muy pronto una capacidad evidente en la vida de Eduardo Lerchundi. Ya siendo estudiante de Bellas Artes sus dibujos llamaron la atención de Mercedes Quintana -“Mecha”, bailarina y coreógrafa del Teatro Nacional Cervantes- quien le encarga trajes para sus estudiantes. En el Teatro Colón fue coordinador de vestuario, caracterización y escenografía y autor de diseño para puestas. En televisión creó vestuarios para trabajos de Narciso Ibáñez Menta. En cuanto al cine, entre 1940 y 1970 estuvo con las más importantes producciones en el diseño de vestuario pero también trabajó en trucos de maquillaje. En 1974 se ocupa especialmente de la caracterización de Alfredo Alcón en Nazareno Cruz y el Lobo, de Leonardo Favio, estrenada en 1975.

Volvamos a sus 20 años. La belleza de Tilda Thamar está ahí. La intención de explotar esa belleza en la fantasía del público está en todo el planteo del film*. Serán entonces los matices y los cambios en el personaje en donde se despliegue la capacidad expresiva del vestuario. De dócil y resignada señora casada a una mujer también casada (si hay algo que la comedia picaresca resguarda es el peso de la institución matrimonial sobre los deseos de la mujer usualmente engañada) pero que se permite ser también salvaje e indómita para recuperar la atención siempre dispersa de su marido. Hay que decir que el signo fuerte de estos cambios en el devenir de la protagonista se alcanza con el vestuario, cada vez más osado, pero también con los peinados de Salvador Mammana. Lerchundi logra además una relación cómplice entre el vestuario y la comicidad del relato. Sus diseños dialogan tanto con las figuras estelares (y los suspiros que despiertan), como con la intención de toda la obra. El caso claro es un poncho de toalla con motivos incaicos y una quena que provoca la hilaridad del público y el comentario de su marido -Enrique Serrano- quien dice: “¿Y ahora de qué te disfrazaste?”.

 

 

 

*         Eduardo Lerchundi nace en Argentina el 23 de febrero de 1926 y muere el 20 de octubre de 1918.

*       La señal para los espectadores de qué resortes psico-emotivos se manipulan en la obra queda muy evidente en la primera escena del hotel de Mendoza que visita el matrimonio protagónico. Allí una niña de entre 13 y 15 años es mostrada en bikini y amonestada continuamente para que no asista a las conversaciones adultas. En contraste, todos los demás personajes están vestidos. Ante el misterio de una mujer que toda cubierta se adentra en las habitaciones de los caballeros queda siempre latente como posibilidad que esa niña sea quien se dirija a los aposentos de toda una serie de hombres (no sólo mayores sino carentes de atractivos).

 

pamela
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