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H.A.T. en Primera Plana

Durante seis meses –desde agosto de 1965 a enero de 1966- el crítico y editor uruguayo Homero Alsina Thevenet forjó la sección de cine del emblemático medio fundado por Jacobo Timerman. A 95 años de su nacimiento, una semblanza de aquel período. 

Texto: Julián Gorodischer/ Fotos: Mariana Sapriza

Corría 1964, y -desde las páginas de la revista uruguaya Marcha- Homero Alsina Thevenet  ganaba admiradores, cosechaba odios, recibía amenazas y afirmaba una reputación como descubridor de Ingmar Bergman en el Río de la Plata, rol que le fue reconocido por el propio director sueco. Ya es un maestro de la crítica y traza, por entregas, un mapa de sus obsesiones: la historia del cine mudo, las listas negras de Hollywood, la censura y el actor Charles Chaplin.

Considerado como un referente central de la nueva crítica latinoamericana del período, llama la atención de Tomás Eloy Martínez, quien pide por la incorporación del “señor sombrero” (H.A.T. eran sus iniciales) y es convocado, entonces, por una revista que marcaba la agenda de la cultura y la política al otro lado del Río de la Plata. Primera Plana era un semanario argentino fundado en noviembre de 1962 por Jacobo Timerman con el estilo de la revista Time y Le Monde, a favor de un periodismo de tipo interpretativo, vinculado a los sectores militares «azules» que se agrupaban en torno a Juan Carlos Onganía. ​

H.A.T. y su esposa Eva Salvo –según se cuenta en sus Obras Incompletas, editado por Amorrortu y compilado por Alvaro Buela, Elvio E. Gandolfo y Fernando Martín Peña- se instalaron en Buenos Aires con la perspectiva laboral que ofrecía Primera Plana.

“Poco antes –se explica en el prólogo- H.A.T. había inaugurado su vínculo con esa revista con una nota de tapa sobre la discutida relación que en ese momento tenía el cine argentino con el sistema de fomento del Estado. La nota se iniciaba con la frase: ‘La corrupción es, en el cine argentino, un estilo de vida’, y fue excepcional en su tratamiento del tema que, casi nunca, había sido abordado desde un medio masivo con su misma claridad para exponer el problema y su independencia para señalar los intereses en danza”.

 

Se inicia un período breve pero intenso en la vida de H.A.T.: ingresa por la puerta grande a uno de los medios más influyentes de Buenos Aires. Son sólo seis meses –desde agosto de 1965 a enero de 1966- que indicaron el rumbo que debería seguir la crítica de cine de aquella revista emblemática del período de oro de la prensa “reflexiva” –escindida entre el progresismo cultural y la simpatía con el sector militar y la derecha económica-, en una tradición periodístico/ intelectual que irradiaría hacia otros medios como Confirmado, Panorama y La Opinión.

Este es el momento previo a su jefatura de Redacción en Adán y –sobre todo- anterior a su productivo paso por Panorama, donde publicaría tres críticas semanales y generaría material para su libro Censura y otras persecuciones en el cine (1972). Durante su paso por Primera Plana, H.A.T. debió acoplarse al tono general del medio, que preveía que la mayoría de las notas fueran sin firma, en función de una pretendida homogeneidad en su línea editorial. Eso hizo particularmente difícil identificar sus aportes directos como crítico.

Pero la revisión de los 24 ejemplares que tuvieron a la sección de cine bajo su control permitió identificar un criterio común como editor, que s

e desplegó a lo largo de toda su carrera, también en El País, de Montevideo, y en el primer Página/12, donde fue jefe de Espectáculos y luego, simplemente, columnista de cine.

Así definió Alsina Thevenet a su impronta: “La crítica tiene que ser pedagógica pero, al mismo tiempo no puede ser aburrida. Esta es la dificultad. La nota

tiene que entrar fácilmente al lector, si se pone semiótica, perdimos», dijo a la investigadora Gabriela Solís en el artículo “¿Para qué leer la biografía de todo el mundo?”, publicado en la segunda época de la revista La Mirada Cautiva, del Museo del Cine, editado por Pablo de Vita.

“La misión del crítico –apuntó Solís, en su artículo “H.A.T., el hombre de la mirada distante”, publicado en la revista Imagofagia, de la Asociación Argentina de Estudios de Cine y Audiovisual-  era mejorar el conocimiento y apreciación del lector, en un sutil equilibrio entre la crítica académica y la crítica valorativa e impresionista, para que éste pudiera acceder a materiales difíciles bajo una forma comprensible. Para que el lector pudiera superar sus usuales patrones de lectura aleccionados desde el relato clásico y arribara al conocimiento de las nuevas experimentaciones artísticas cinematográficas”.

Sigue Solís: “Para Alsina Thevenet, el primer mandamiento fundamental para superar las apreciaciones valorativas de la crítica superficial consiste en documentarse y comprender el fenómeno cinematográfico en toda su complejidad de arte industrial, conocer las bambalinas y las historias detrás de cada film, considerar el film en relación con su contexto de producción y recepción”.

O, más conciso, a su estilo: “A mí me ponen mal los errores, quizás como herencia de mi madre maestra. Un error hace desconfiar al lector. ‘Si se equivoca en esto, ¿qué me va a enseñar este tipo?’”, de H.A.T. a Leila Guerriero, en “Vida del señor sombrero” -El País, 2005-.

En el prólogo a sus Obras incompletas, Peña, Buela y Gandolfo cuentan que “a pesar de haber ingresado por la puerta grande, H.A.T. no se sint

ió cómodo en Primera Plana. En sus palabras: ‘Descubrí que era un gran molino de elaboración de material en el cual se perdía la personalidad y la firma, donde las notas podían ser recortadas a piacere del editor o del jefe de redacción sin consulta previa”. Para explicar su salida –hacia la pujante redacción de la editorial Abril, donde trabajó en las revistas Adán y Panorama-, se refirió a la incómoda relación con el subdirector del medio, Ramiro de Casasbellas, que cultivaba una conducción de estilo personalista en la línea del líder anterior, Jacobo Timerman.

“Me sentí más o menos pisoteado”, dijo H.A.T. antes de emprender un nuevo rumbo, con un perfil más alto que lo ligaría a una producción más prolífica y a su serie de coberturas internacionales. Pero ésa, la de la siguiente década que pasaría en Buenos Aires, antes de su exilio posterior al golpe militar, en Barcelona, ya es otra historia.