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Los clásicos malos de la película

Los clásicos malos de la película

Por Pablo De Vita

Son sombras acechantes, difuminadas, dispersas pero presentes. Son rostros tensionados, ojos encendidos, sonrisas macabras. Son las distintas caras de distintos actores que tuvieron su lucimiento como los “malos de la película”, todas unidas por lo bajo en la ambición del mal. A todos ellos el Museo del Cine dedica su clásico calendario. Desde la inquietante aristócrata chilena Catalina de los Ríos en la piel de Ana María Lynch en La Quintrala (1955, D. Hugo del Carril), hasta el temible y despótico El Muerto que dio vida en Aballay, el hombre sin miedo (2010, D. Fernando Spiner) el popular Claudio Rissi.

El calendario nació como una vía de difusión del patrimonio fotográfico y homenajea a diversos momentos pasados y presentes del cine argentino. De intención generalista, con el tiempo adquirió el perfil de entregas temáticas desde donde se presentaron en los sucesivos años: madres, novias, policiales, costumbres argentinas, literatura, directores, besos, homenajes a retratistas como Annemarie Heinrich y Sivul Wilenski balanceando aquellos rostros y perfiles recordados en la memoria popular con otros que merecen remarcarse. Este año el perfil de los villanos de nuestra pantalla se suma a la lista de temas, recordando la extraña fascinación por el mal que ejerce su presencia en la ficción pero también como -para que exista un malo- debe existir la inevitable confrontación con la búsqueda de la verdad y el bien.   

 

¿Por qué este año le tocó a los malos? “Se nos ocurren todos los años temas diversos. Ya habíamos explorado muchas temáticas pero nos faltaba el recuerdo y homenaje a estos actores que sobresalieron, en muchos casos, sólo desde papeles de género”, confirma María del Carmen Vieites a cargo de los contenidos del popular ejemplar. No podía comenzar la selección con otro título que El ángel desnudo (1946, D. Carlos Hugo Christensen), film que –asimismo- comienza con un crimen para luego retroceder en el tiempo para dar paso a la extorsión y al acoso. Allí está al acecho un artista que supo tener deseos de juventud, Guillermo Lagos Renard y El ángel desnudo conjuga la mirada virginal de la inmortal Olga Zubarry con la presencia de un Guillermo Battaglia que fue uno de los mejores villanos que brindó el cine argentino en un film que quedó como mito e ícono -tan válido uno, como el supuesto primer desnudo del cine nacional, y otro tan concreto, como la estatua que enmarca la acción- pero algo es seguro: fue el primer protagónico de Olga Zubarry, quien aún no había cumplido los 16 años, y fue el papel que la convirtió en una estrella sin tiempo.

 

En el calendario luego el cine clásico salta a Mayo, pero en la cronología del tiempo se adelanta un año, hasta 1947, cuando los estudios EFA –Establecimientos Filmadores Argentinos, situados en la calle Lima donde hoy se encuentra Canal 13- solicita al brillante maestro de la comedia Carlos Schlieper llevar a la pantalla la novela del irlandés Joseph Thomas Sheridan Le Fanu Uncle Sylas que con guión de Jorge Jantus y León Mirlas y los diálogos adicionales de la dramaturga catalana, radicada en la Argentina, María Luz Regás se estrenó como El misterioso tío Sylas el 7 de Mayo de 1947 en el cine Monumental.  En su certero trabajo sobre el realizador, el historiador Abel Posadas anota que: “en manos del realizador se transformó en una historia dedicada no tanto a los mayores sino más bien a los niños. Si es que puede volverse a ver se debe a la eficacia de aquellos técnicos de EFA, incluyendo la partitura musical de Juan Ehlert”. La foto devuelve el rostro imperturbable de Ricardo Galache como Sylas, quien junto a la Madame de la Rouger encarnada por Elsa O’Connor atormentan a Elisa Christian Galvé. El film no tuvo buenas críticas y tampoco es una de las labores más brillantes de Schlieper, quien siempre fue fulgurante en la comedia, pero añade perfiles certeros a los malos de nuestra pantalla.

 

De Mayo a Septiembre se despide el otoño, da paso al invierno y con el 1 de Septiembre comienza a reverdecer la anhelada primavera. Y en nuestro querible calendario subyace en impecable escala de grises la rosa negra de Zoe Ducós como Benita, la cuñada malévola de La de los ojos color del tiempo (1952, D. Luis César Amadori), que con precisión quirúrgica contribuye a las intrigas que debe sobrellevar una luminosa Claudia del Mar en el rostro de la gran Mirtha Legrand, y otra vez una adaptación; en este caso del propio director  según la novela Lil, la de los ojos color del tiempo, de Guy de Chantepleure. Este film le otorgó a Mirtha Legrand el premio Cóndor a la Mejor Actriz otorgado por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina en 1952, año difícil marcado por la censura, la crisis económica, y la caída de los estudios con la quiebra de Emelco y el fin de  EFA; Estudios San Miguel e Interamericana. Y existió en el cine una maldad extendida desde la de tintes sociales con la perversión patronal de Las aguas bajan turbias (1952, D. Hugo del Carril), a un excelente policial con el rostro impar de Narciso Ibáñez Menta con La bestia debe morir (1952, D. Roman Viñoly Barreto), pasando por el sadismo carcelario de Deshonra, con la mano mágica de Daniel Tinayre y una labor en el claro-oscuro asimilable al realismo poético francés, entre otros films de gran calidad artística. El estudio productor de La de los ojos color del tiempo fue Argentina Sono Film, el único que sobrevivió al embate de aquellos años y llegó hasta nuestros días.

 

 

Noviembre trae otro título de Tinayre, otro film producido por Sono, y una foto que rescata al “malo más malo” que tuvo el cine de oro: Nathán Pinzón. El rufián (1961, D. Daniel Tinayre). Antes de ser Nathán, Natalio Garfinkel nació un 27 de Febrero de 1917 y fue, dentro del género en su versión local, el más encumbrado representante del cine negro, sólo superado en fama por la aquilatada trayectoria de Narciso Ibáñez Menta con quien compartió el set personificando a George Rattery en La bestia debe morir. Su amistad con el realizador uruguayo redundó luego de esa película en su labor cumbre para el cine argentino con El vampiro negro (1953, D. Román Viñoly Barreto), asimismo basado en el film M, de Fritz Lang, realizada mientras se deshacía la República de Weimar al despuntar la década del ’30. Pero en Noviembre nuestro querido Nathán (al fin de cuentas, el sostenido malo más malo también adquiere su propio club de fans), personifica a Andrés aquél que extorsiona a Egle Martin en El rufián (1961, D. Daniel Tinayre), que tomó su argumento de un hecho real acaecido en Francia en los años ’50 con un triángulo amoroso sostenido por una rica señora, su marido y su chofer, que se convierte en criminal y asimismo participe de una trama de engaño y delación. Completaban el elenco Carlos Estrada, Oscar Rovito, Aída Luz, Homero Cárpena, Marcos Zucker, Nelly Beltrán, Roberto Yanés y la “bailarina de strip tease” Giselle. En el diario Democracia, Boris Zipman anotaba: “Sesiones de espiritismo y adivinación, pruebas de magia, , un “strip tease” ante una cámara ávida de detalles, escenas de alcoba y otras que permiten conocer sin ocultaciones los bustos y otras adyacencias de Egle Martin, Aída Luz, Inés Moreno y la bailarina Giselle, son etapas que conducen a un desenlace claramente inspirado en Hitchcock”, incluyen a El rufián con su frenética persecución final en la lista de los grandes policiales del cine argentino y también por un detalle de urbanidad perdida: la película retrata parte de una Buenos Aires que ya no está con el mítico pasaje Seaver que se llevó la ampliación de la 9 de Julio en los setenta.

 

Tantas veces anunciado, el último gran clásico cierra el 2019. En los perfiles, tan precisos como inquietantes de Narciso Ibánez Menta se resumen las características perfectas de alguien que realizó de la maldad y del terror un culto que lo convirtió en mito del séptimo arte y, particularmente en la Argentina, de la pantalla chica. Pero el germen venía del cine de oro porque de la mano de Manuel Romero filmó Una luz en la ventana –con muchas aristas comunes con su famoso ciclo televisivo El muñeco maldito– e Historias de crímenes, con las que tempranamente iría adquiriendo los matices que le dieron fama como cultor de un mundo en claroscuro.

 

 

El film tuvo un estreno “menor”, considerando los cánones comerciales de la época, y llegó a las pantallas un 28 de Julio de 1960 en los cines Hindú, Gran Bourg y Gran Rivadavia arribando luego de la primera semana de estreno al cine Gran Mar de Mar del Plata, cónclave característico del “clan Carreras” por décadas. Pero con el estreno no todas fueron rosas, y el 3 de Agosto se conoce en los medios de comunicación la resolución judicial que ordenaba suspender la exhibición del film. Todo sucedió a partir de una demanda del actor Carlos Estrada contra el productor cinematográfico Vicente Marco por incumplimiento de la cláusula del contrato en la cual el mencionado actor debía figurar en primer término y no, como sucedió en los hechos, Narciso Ibáñez Menta. Pero como todo film “de culto”, con el correr de los años las peripecias contribuyeron a cincelar su fama. Los 3 relatos contenidos en Obras maestras del terror se corresponden con los relatos de Edgar A. Poe: El caso del señor Valdemar; El tonel del amontillado y El corazón delator y ya habían pasado por el ciclo televisivo que comandaba el gran Narciso. Su hijo, “Chicho” Ibáñez Serrador fue quien llevó los relatos a la pantalla grande con el seudónimo de Luis Peñafiel y asimismo se reservó un papel en el importante elenco que secundaba a Ibáñez Menta y donde también figuraban Ricardo Pacheco, Inés Moreno, Lilian Valmar, Jesús Pampín, Silvia Montanari, y una jovencísima y grácil mucama en el rostro de Mercedes Carreras. Si bien las críticas de estreno no fueron absolutamente elogiosas sí coincidieron en señalar que la realización: “supera, como anotamos, cualquier otro trabajo anterior de Enrique Carreras”, tal como señaló en su estreno el diario La Nación. Con malicia, en virtud también de declaraciones de época del protagonista, siempre se dijo que era una película “dirigida por Enrique Carreras y realizada por Narciso Ibánez Menta”, ignorando las más de 20 películas que ya lo contaban como el realizador más prolífico del cine argentino y que conocía como nadie el pulso de lo popular teniendo el género del terror en los albores de los años ´60 -y Terence Fisher mediante- a toda una pléyade de nuevos, jóvenes y entusiastas adeptos. Sin duda alguna, el rostro de Narciso en la película que con la firma de Enrique Carreras se convirtió en un film de culto es la mejor manera de cerrar un año dominado por rostros contemporáneos y clásicos que tuvieron al mal como protagonista.

 

 

agurtzane urrutia
agur.urrutia@gmail.com