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Salvador en Radiolandia

Foto: revista El Amante Cine.

Esta es la etapa menos conocida de la labor del genial crítico de cine que hizo historia en Tiempo de Cine y el Cineclub Núcleo: su paso de casi veinte años por la revista Radiolandia luego devenida en Radiolandia 2000, donde incorporó elementos modernos y eruditos a las entrevistas a celebridades de la época de oro del cine argentino.

Texto: Julián Gorodischer

Fotos: Mariana Sapriza

Salvador Sammaritano entró en la historia grande del cine argentino por muchas cosas, entre otras por haber fundado el Cine Club Núcleo. También, por haber sido secretario de redacción de la revista Tiempo de Cine, una publicación que apareció ente 1960 y 1968 y que se inspiró en revistas europeas como Sight & Sound. Construyó un prestigio, siendo presidente de la Federación Argentina de Cineclubes, luego subdirector del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, y director de la escuela de cine del propio Instituto.

Menos difundido, pero no menos relevante para el campo de la cultura popular, fue su paso por la revista Radiolandia, como secretario general y luego jefe de la Redacción, revista en la que muchas veces no firmaba sus artículos, pero en la que ha dejado huella con su aporte a un periodismo de corte popular y masivo.

La primera parte de la colección de Radiolandia llegó al Museo del Cine en 1971, como parte de la donación de Jorge Miguel Couselo (padre).

 

 

La colección de Radiolandia ingresó a la Biblioteca y Centro de Documentación del Museo del Cine en 1971. Años después, en una donación posterior promovida por Don Arturo Sarno –encargado de los programas del viejo Cineclub Núcleo- llegó la efímera Radiolandia 2000, que se editó entre fines de los 70 y los 80, “la típica revista ochentosa, de editorial Abril” –describe Fabián Sancho, coordinador de la Biblioteca del Museo-. En ese entonces, Radiolandia 2000 ya se parece a Siete días, incorporando temas de actualidad al espectáculo y un diseño más moderno que imita a la italiana Novela Duemilla.

“El Museo atesora, aproximadamente, un centenar de ejemplares.  Hay una tercera donación, realizada por Andrés Insaurralde, quien las recolectaba y las traía, que se produjo  mientras él se desempeñaba como coordinador de la Biblioteca. Hoy, Radiolandia es una de nuestras revistas más consultadas”, agrega Sancho.

Del conjunto, una parte se ha puesto a disposición de los usuarios; y otra, a resguardo, “para las próximas generaciones”.

 

Fabián Sancho: “Cuando ya no estemos nosotros, esperemos que el papel siga persistiendo”.

“Nos falta, a partir de ahora –sigue Sancho- hacer la indización: tomaremos cada número y lo clasificaremos por sus temas. Por ejemplo, todas las veces en que aparece Salvador Sammaritano en la revista. Con paciencia, se puede lograr. Y una vez terminada esta etapa, vendrá la digitalización. Así, quedará digitalizada en consulta para el público, y podremos evitar el deterioro progresivo del papel”.

Allí, salidas de las cajas, en la sede del Museo de Ministro Brin 615, se ven “maravillas” del ya abandonado arte de retratar estrellas. En las portadas de Radiolandia, se utilizaba la técnica de la fotografía retocada, “una especie de photoshop analógico” –define Fabián Sancho-. Se pintaba encima de las fotos. Todo había comenzado en 1934, cuando un antiguo suplemento de La canción moderna se convertiría en Radiolandia para hacerle competencia a Sintonía. Las revistas traían las letras para cantar los temas de moda, en una época en la que no había grabaciones. “Las clases medias y bajas cantaban con esas letras; las clases altas tenían el piano”, revela Sancho.

 

En Radiolandia, Sammaritano firmó pocos trabajos que alternan la micro-reseña cinematográfica con la entrevista a celebridades.

 

Siendo muy joven (1957), Salvador comienza una colaboración intensa con Radiolandia, haciendo críticas de estrenos y entrevistas a actores y actrices del momento. Con el tiempo va ascendiendo hasta conformar el Consejo de Redacción de las editoriales de Julio Korn, donde se mantuvo hasta 1983. Incluso, llegó a escribir en Vosotras y en Claudia, revistas de “quehaceres femeninos”, en las que utilizaba el seudónimo de Alejandro (por su hijo) Rocco (su apellido materno).

 

Cobertura de las jornadas de Trelew: por unas días “fue como tener un Hollywood para el cine argentino”.

Salvador cubría los festivales internacionales: en San Sebastián era un personaje esperado; rotaba, anualmente, entre los eventos de Moscú y La Habana. En cualquier festival renombrado, ahí aparecía Salvador. En los tiempos de Radiolandia, viajó mucho, también, siendo director de la Escuela del Instituto Nacional de Cinematografía. Visitó el Centro de Experimentación Cinematográfica de Cinecittá y la Escuela de San Antonio de los Baños, Cuba.

Mucho de todo ese relato permaneció en el anonimato. “En Radiolandia, en aquella época, no se tenía en cuenta el nombre del autor de una crítica o una reseña –explica Sancho-; muchas veces eran gacetillas que directamente se publicaban; en el caso de una entrevista a una actriz, azarosamente digamos Nelly Meden, no se identificaba al entrevistador; no importaba; nadie lo consideraba. Con el paso del tiempo eso cambió: un buen entrevistador podía hacer hablar hasta al que menos palabras tiene. Pasaba también en El Heraldo del Cine: prácticamente ninguna reseña estaba firmada, y Salvador fue también parte de El Heraldo”.

 

Radiolandia podía ser un lugar pertinente para referirse al renacimiento del cine inglés.

 

En una oportunidad –recuerda su hijo, Alejandro Sammaritano-, habiendo pasado por el Festival de Cannes, la editorial lo mandó al Grand Prix de Mónaco. La decisión fue que encarara la nota desde un punto de vista más social que deportivo.

“Mi viejo no sabía –dice- si los autos tenían 3 o 4 ruedas. En la largada volcó Jaques Laffite y ganó Reutemann: era todo lo que un argentino soñaba, y pasó ahí”.

 

Alejandro Sammaritano recuerda a su padre en permanente desplazamiento por los festivales del mundo.

 

Muchos años después, frente a un grabador, Salvador Sammaritano resumiría en una frase el espíritu de su vida profesional: “Tuve que comer un montón de langostinos (en los cócteles) para traer comida a casa”.

Ser periodista no pagaba mucho. Pero ser periodista era la forma más divertida de ser pobre. “Fui a cubrir la carrera de Mónaco pero a veces no tenía para llegar a fin de mes”, llegó a decir, años después.

 

Enviado a las islas del Caribe, mantenía su pluma de erudito y la actitud de dandy. Ningún tema ni circunstancia le fueron ajenos.

 

Su estilo particular estaba basado en el sentido del humor. En sus entrevistas, siempre hay un momento en el que se nota algún rasgo humorístico. “Podía comparar a una persona, por ejemplo, con un dibujo animado”, dice un ferviente lector.

“Fue haciendo una carrera en ascenso –rememora su hijo-; trataba de mechar aspectos culturales en la revista de Espectáculos: metía alguna nota a Astor Piazzolla; alguna película no tan popular para poder generar el contacto de ese material con el público. Pero Radiolandia era, mayoritariamente, Leonardo Favio, Sandro y Thelma Tixou”.

 

Periodismo performático urbano del mejor, cuando el género todavía no se había convertido en la moda que es hoy.

 

Durante las décadas pasadas en la vieja redacción de la avenida Belgrano, luego en la sede de Leandro N. Alem, Sammaritano construyó una relación muy cercana con Armando Bo e Isabel Sarli; muchas veces iba a comer a la casa de las celebridades.

Era asiduo visitante de la entrega de los Oscar. “Vi sus fotos con esmoquin alquilado”, dice Alejandro. Hizo notas caminando con Marcello Mastroianni por Cannes. “Era un tipo muy divertido –sigue el hijo- y encaminaba todo hacia lo mundano. Fue a cubrir la filmación de Viaje a las estrellas. Pero no teníamos ni auto; vivíamos con mi abuela en una casa de 42 metros cuadrados”.

De esos contrastes estaba hecha la vida del reporter. “Mi abuelo era portero –cuenta Alejandro-; mi padre construyó su carrera desde bien abajo”.

 

Catalina Dlugi lo recuerda como un jefe ameno, culto e informado.

 

                “En Radiolandia, Salvador jugaba de taquito”, señala la periodista Catalina Dlugi, quien compartió redacción cuando la revista ya había devenido en Radiolandia 2000, en los años ’80, incorporando el “interés general” a su agenda de temas.

“Él era mi prosecretario de Redacción; sólo firmábamos los cronistas. Su tarea era revisar todo lo que iba a salir publicado. Fueron varios, deliciosos años: para nosotros era una cita perfecta ir al Cineclub Núcelo, en el IFT. Todos en la redacción nos comprábamos un sándwich y nos veíamos, cenando, directo del trabajo, la película. Ningún miércoles nos lo perdíamos. En época de prohibiciones veíamos a Pino Solanas”.

En la redacción, se lo concebía como una presencia benéfica. Tenía una cultura inmensa. “Se sentaba en la máquina y hacía todo en dos minutos”, dice Dlugi. “Era la palabra mansa, de una profunda visión cultural”, agrega Francisco Loiacono, su superior jerárquico inmediato en aquella redacción. Dice Dlugi: “Era la época en que, sin ganar mucha plata, podíamos pagar la hipoteca de un departamento e ir a comer afuera todos los días. Trabajábamos seis horas, íbamos al cine, al teatro, no me perdía ninguna fiesta. Iba a la casa de los actores; no había jefe de prensa, doscientos filtros como hay ahora que es todo telefónico o a la salida del teatro; hay que hacer guardias, pescarlos en el momento justo”.

 

Francisco Loiacono, director de la publicación: “Jamás hizo ostentación de su inmenso saber”.

Cuenta, Loiacono, que nunca lo pescaron  a Salvador demostrando que era el que más sabía. Una vez, como cronista, lo enviaron a cubrir la carrera de Jarama, en España, sin saber manejar. Era un muy buen acuarelista, y describió la carrera desde el punto de vista del novato.

Otra vez, el mismo ímpetu creativo. “Se iba a estrenar Superman. Era el acontecimiento del mundo –sigue-. ¿Qué podíamos hacer? Y ahí se le ocurre, a Salvador, publicar un cuadernillo de 16 páginas, no la nota clásica. Vendimos 317 mil ejemplares”.

 

Aquí, en una pausa de la redacción junto con Francisco Loiacono y un joven colega no identificado.

 

“Esta fue una idea del Negro (señala Loiacono, un titular cualquiera): ‘Fuimos testigos de un milagro, Juan de Garay descendió de su monumento y nos contó cómo era Buenos Aires. Amo a su gente, pero odio a sus palomas’. El asunto era presentar una nota de sabor cultural con un estilo que le interesara a mi tía. Mi tía era una mujer con un gran sentido común, existía, aunque todos pensaban que era un invento”.

“Íbamos a almorzar –dice, quien fuera su jefe en Radiolandia- a un restaurante en la calle Tres Sargentos. Uno de esos días decidí que Salvador pasaría a ser el Jefe de Redacción. Había quien me venía a avisar que los muchachos, en mi ausencia, se iban al boliche. No me gusta cuando quieren beneficiarse con la delación. Lo descarté, inmediatamente, para el cargo. El otro vino a venderme a los muchachos. Salvador siempre estaba del lado de sus compañeros. Yo manejo el concepto de hermandad, por eso elegí a Salvador”.