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Tony vuelve al Museo

 

A comienzos de los ’80, Tony llega al Museo como archivista fotográfico, pero pronto se expande a laboratorista, guía y docente. Su pasión y su obsesión fueron el cuidado de los 300 aparatos que analizó, clasificó y ayudó a preservar durante más de dos décadas al servicio del cine argentino.

Texto: Julián Gorodischer/ Fotos: Mariana Sapriza

Estamos a fines de la dictadura militar; el Museo del Cine funciona en lo que es hoy el Centro Cultural Recoleta. El director de entonces, Guillermo Fernández Jurado, alienta la llegada de empleados de un perfil profesional. Entre ellos, llega Tony –Antonio Siedloczek-, que ingresa -siendo fotógrafo- al Archivo Gráfico. “Era un tipo curioso en lo referido a los aspectos científicos –lo recuerda María del Carmen Mary Vieites, actual coordinadora general de Museología, quien llegaría para la misma época-. Se fue interesando cada vez más en las máquinas”.

Casi 35 años después, un día del invierno de 2017, Tony vuelve al Museo, en el marco de una visita conmemorativa. Hoy se lo reconoce por su aporte al cuidado de los equipos, los fierros. Se enciende una cámara: -Mi nombre es Antonio Siedloczek, pero simplifiquemos: soy Tony. Ingresé en el Museo un día capicúa; no me lo olvidé nunca: el 3-8-83. Estaba todo por hacerse. Se había hecho mucho, pero –no sé por qué- siempre hay algo más para hacer en los Museos.

Sigue Tony: -¿Dónde está esa cámara que tenía el pañolenci embebido en aceite? Colgadito acá estaba–señala el interior de una cámara-. Decíamos que tenía lubricación a pañolenci, esa tela tan suave que, en contacto con la cadena, la ayudaba a ganar velocidad.

Se interrumpe, se entusiasma, lanza al aire:

-Miren, ésta es la cámara Lumiere que se usó en la primera proyección en la Argentina; esta otra es una cámara Pathé usada por Simón Feldman en sus primeras animaciones. Digan, arriesguen: ¿Qué nació primero, el travelling o la panorámica?

Desde el fondo:- El travelling.

Tony:- ¿No ven que saben todo? (Risas).

 

Tony llegaba, a principios de los ’80 con un recorrido como cortometrajista. El 18 de junio de 1975, dijo La Nación y otros diarios de la época: “El escritor, corto de Tony Siedloczek, logra una  placa de honor en el cuarto certamen mundial de cine amateur que se llevó a cabo en Badalona, España”.

Retrato (1957) ya había ganado un concurso de montaje en cámara (un tipo de film sin compaginación, que se pasaba por primera vez ante el jurado). Y El rostro ignorado, su primera en 16 mm, se llevó el segundo premio, categoría argumento, en el Cineclub argentino, y tres premios en Rapallo, Italia.

“La Argentina estaba de moda en la Costa Azul –rememora Tony-; Leopoldo Torre Nilsson ganaba en Cannes con La casa del ángel; y yo en Rapallo, era mejor film en blanco y negro. Me enteré estando en el Servicio Militar. Corrió el rumor de que ‘un soldado ganó un premio en Italia’. Me dejaron salir para que me entrevistase Domingo Di Núbila, en Canal 7. ‘¿Ese corte es para imitar a un galancito norteamericano?’, me preguntó Di Núbila. ’No, este corte de pelo es forzoso’. Se cagaron de risa en el Casino de Oficiales, cuando lo vieron por tevé”.

Uno de sus últimos cortos fue Un viejo tejedor (1977), homenaje a quien había sido abuelo de sus sobrinos: un anciano que tejía con telar de madera, y lo llevó a ganar el primer premio en Uncipar, y medalla de bronce en Rusia. “Habría sacado mejor medalla –dice, tantos años después- si hubiera sido más prolija, con menos cámara en mano. A los europeos no les gusta”.   

 

 

“Tony ha hecho un gran aporte a la investigación sobre formatos”, destaca Douglas Machado, su relevo en el cuidado de los más de 300 proyectores, cámaras y copiadoras del Museo del Cine. Se conocieron durante la visita: comparten el amor por las colecciones. “Detrás de todo esto –dice Douglas- está la historia del cine mundial. A fines del siglo XIX, la Argentina era el único lugar de Latinoamérica que estaba dentro de los recorridos de, por ejemplo, los Hermanos Lumiere. Una de las cámaras Lumiere que hay en el Museo es la de la primera proyección en Argentina, de 1896. En el mundo, la primera proyección había sido sólo un año antes, en París, en 1895. Estábamos dentro del círculo europeo”.

“Tony –reconoce Mary Vieites- inició, en el Museo, el camino de la sistematización”. En los comienzos de ambos, “éramos –recuerda Tony- Esperando a Godot. Esperaban en el patio de la vieja escuela, que era sede del Museo, sentados entre proyectores viejos a ver si llegaba alguna notificación de despido. Para poder echarnos –durante la transición democrática-, habían dicho que se estaba por caer el edificio”. Efectivamente los echaron pero sólo por cuestiones burocráticas; pocos meses después, los reincorporarían.

Juntos, Mary y Tony, dieron forma a un video informativo sobre las colecciones del Museo, que solía usarse durante las visitas guiadas, y que todavía se mantiene vigente. Algunas veces, durante aquellas décadas, lo único que había era el amor de Tony por las máquinas. En aquella sede precaria, a veces, tenía que guardar las cámaras en cajas de cartón, porque sencillamente no había otro lugar. “No había nada”, coinciden con Mary.

35 años después siguen siendo un hito sus cursos de “Aproximación a la realización cinematográfica”, así como sus particulares visitas guiadas. “Fueron las mejores”, asegura Mary Vieites, “por su capacidad de comunicarse con los chicos. Llegaban las escuelas, y él se destacaba a fuerza de carisma; era capaz de desarrollar gran empatía con el visitante; lograba interesarlos con su entusiasmo y, sobre todo, con su amor por las colecciones”.